Capítulo 3: Gestito de Idea

La corriente de aire era muy fuerte y afectaba mi movilidad, pero al bajar la vista, en medio del desastre a mi alrededor, iluminado sólo por las fugaces luces del túnel, yacía un bulto inanimado, que tardé en identificar como una persona, y que se aferraba de mis tobillos.

–Renzo…

El cagazo que me pegué, quizás el más tenebroso de la jornada, no tuvo explicación hasta ese momento.

Vivika, a quién segundos atrás le habían sacado de lugar varias vértebras, no solo se encontraba respirando e intentando comunicarse verbalmente, sino que cerraba su mano con gran vigor alrededor de mi tobillo para llamar mi atención. Un suceso por demás sorprendente, pero que escapaba a la realidad que nos rodeaba. El tren podría chocar en cualquier instante.

–¿Me querés matar de un infarto?–La increpaba tambaleante mientras, a duras penas, inclinaba mi cuerpo para observarla más de cerca.–¿¡Cómo podés seguir resp—!?

–¿Dónde está… Hugo?–Me interrumpió, con una exhausta voz, aunque un poco más sonora y clara.

–¿Gi…ugo? ¿Hugo?–Repetí, al no entender bien la pronunciación con tanto ruido alrededor.

–Si, Hugo… el grandote de la… gabardina.–Me aclaró.

Cierto, ella probablemente perdió la conciencia un rato, como yo. Me cuesta incluso alinear recuerdos cercanos de cómo llegamos a este embrollo, pero la secuencia de imágenes que permanecía fresca en mi cabeza, era la de haber sostenido el cristal, y provocar un boquete en la parte frontal del subte tras una arremetida que le di a ese tal… Hugo. Casi como si estuviese viendo una película en primera persona después de un soberano viaje psicotrópico. ¿Habrá sido real?

Simplificar todo lo que pasó en una sola oración, me resultaba imposible, y, evitando mirar hacia la descomunal abertura, cambié de tema.

–Hablemos más tarde de eso ¿si? Ahora creo que tenemos un problemas un toque mas… inmediato.

Me encontraba –de nuevo- en una profunda disyuntiva: si la ayudo, no voy a disponer del preciado tiempo que necesitaría para detener el tren; y si la dejo ahí, ahora que sé que por lo menos está viva, no puedo dejarla ahí tirada.

–¿Vos estás bien?–le pregunté, apoyando mi mano sobre su hombro, y tapándome la cara con la otra para impedir que el turbulento aire subterráneo me ingresara por la boca y nariz–¿Podés levantarte?

–No te preocupes por mi, sólo estoy un poco mareada.–Respondió con el lateral de su rostro sobre el plástico rugoso del suelo.

Levanté una ceja ante tal ridiculez.“Un poco mareada” dice. Bueno, no me queda más que creerle.

–Estaba por ir a aplicarle los frenos a esta cosa, o por lo menos intentarlo.

–Vé. Yo… necesito un momento para recuperarme.

El recuerdo de haberme ido a la mierda por unas escaleras, y quedar con un brazo enyesado por dos semanas, vino a mi mente. ¿Quién será? O mejor dicho ¿Qué será esta piba?. Su estructura ósea parece la de una persona ordinaria, sin embargo, después de lo que sucedió, ella solamente está “un poco mareada”, y necesita nomás de “un momento para recuperarse”. A mi también me hubiese gustado contar con esta clase de habilidad regenerativa tan anormal. Esas dos semanas fueron una cagada, especialmente para ponerme ropa.

Le hice caso, y la ayudé a sentarse en uno de los asientos sanos que quedaban antes de proceder a la cabina. Su cuerpo estaba caliente, hasta hirviendo podría decir, como si padeciera de un golpe de calor extremo mezclado con un virulento estado febril que no se percibía a través de la piel, puesto que aun conservaba el pálido color natural, pero al tacto… bueno, me voy persignando, porque la temperatura llegó hasta mis dedos cuando puse mi mano sobre su hombro, cubierto con el abrigo.

La sonrisa, siempre presente, aplacaba la preocupación que me surgía al verla en ese estado, y añadió que no me alarmara, porque era “un proceso normal”. Je. Normales son mis sesiones de mate los domingos por la tarde, a veces corrigiendo trabajos prácticos y otras mirando alguna película retro por cable. Esto escapaba a mi definición de normal.

Apuré el paso, con el denso aire del túnel distorsionando mi flojo andar, e ingresé, finalmente, a la cabina del maquinista. Siempre me pregunté cómo sería estar en uno de estos lugares al que nadie accede sin estar debidamente calificado, pero que la suerte, o más bien, la desgracia, me llevó a estar justo en el asiento del responsable de que todo pasajero llegue a destino sin sobresaltos, con un panel de control no muy sofisticado de comprender para mi, que soy un mundano profesor de historia.

–Claro, con instrucciones esto sería una pavada.–Pensé en voz alta, intentando reconocer aunque sea algún comando útil.

Hay tres palancas, varios botones y un par de pantallitas que indicaban las métricas del transporte. Nada tenía rótulo, lo cual me complicaba aún más la tarea de sobrevivir.

Ya con el andén de Callao a lo lejos, probé bajando la primer palanca, y crucé todos los dedos posibles para que la mole de acero se detenga. Mis nerviosos ojos fueron directo hacia lo que parecía ser un velocímetro, con la aguja clavada en 52km/h.

Sin cambios.

Moví la siguiente palanca, arriba y abajo. Nada.

Apreté, impaciente, todos y cada uno de esos botones, esperando que alguno me devuelva la tranquilidad, por lo menos. Pero nada de eso ocurrió.

El problema estaba en que la destrucción fue tal, que los controles no estaban en buen estado, y los indicadores visuales que podía llegar a usar para guiarme, además de estar apagados, tenían un faltante en el tablero, cerca del gran boquete, que debieron volar y terminar desperdigados por el túnel. El tren básicamente estaba corriendo en modo automático.

El horror comenzaba a trepar por mi espina, mientras yo, pálido, contemplaba la mejor vista del subte que jamás haya tenido antes, todo desde mi flamante posición de maquinista.

–Dios, vamos a chocar.–Mascullé entre dientes con un exagerado dramatismo, hasta para mi, resignado ante un breve paneo de la situación. ¿En serio pensaba que iba a ser tan fácil como apretar un botón? ¡El tipo salió volando y se llevó consigo medio tablero de controles!

Muchas alternativas caminaban en fila india por mi saturado cráneo. Por supuesto, la de esperar sentado, con los brazos cruzados y un cigarro en la boca, a que nos hagamos pelota al final del recorrido era una opción, cuando menos tentadora, si la comparaba con el esfuerzo que tendría que hacer desde este punto hasta volver a mi casa.

No descarté esa idea, por ahora. Pero también evalué rápidamente la opción de saltar hacia el próximo andén por la puerta faltante, o por alguna de las ventanas que también desaparecieron en la explosión que desató la rubia en mitad del vagón. Pero también la descarté, ya que estaría dejando el tren a su suerte, y eso traería consecuencias mucho peores, que no quiero ni pensar.

–Renzo. –Escuché a pocos centímetros de mi oído, casi como un susurro.

–¡AH!

No pude voltear a ver qué quería ni a prestarle atención por estar demasiado ensimismado en mi lúgubre futuro cercano. La rubia, asomándose sin previo aviso por encima de mi hombro, sólo se limitó peritar con ojos de cirujano cada elemento de la cabina, desde su incómoda posición, con el viento golpeando de lleno su castigado cuerpo, mas no pudiendo moverla.

–Scheisse.–Acotó en su lengua natal.

Tenía el hombro apoyado en el retorcido marco de metal que separaba al conductor del resto del tren, y podía ver como su cabello platinado, que reflejaba las luces de neón a nuestro alrededor con suma facilidad, se sacudía en todas direcciones, sin prestarle demasiada importancia a la ventisca.

Apartó la mirada del inoperable tablero, y con la mano derecha, levantó un bulto del suelo que venía arrastrando con el pie.

–Tu bolso, y…–Agregó en voz baja, acomodando mi morral a un costado, dejándome un pequeño objeto en la palma, con suavidad– Tu Obelisco, no lo olvides, lo dejaste tirado.

Era sin duda una pieza de incalculable valor, y ella me lo hizo entender a través de su expresión tan seria, de su serena voz en tono imperativo, y el gesto de su mano sobre la mia.

Ya sea misteriosa reliquia capaz de destruir al mundo, o un simple llavero con luces y sonidos, me lo quedó viendo fijamente, en lugar de entrar en pánico por encontrarme, quizás, en la peor butaca de un tren sin capacidad de frenado.

–¿Y ahora qué hacemos?–Pregunté, dejando salir toda mi frustración en un suspiro, con el cristal aún ahí.– ¿Nos bajamos o esperamos a que pase un milagro?

Pero antes de recibir una respuesta de su parte, ella se agachó, y jaló de mi brazo.

–Abajo, Renzo–Me indicó, como si fuera un perro.–No tienen que vernos.

Tomé refugio ante su advertencia, sin chistar…

Varios vagones de la formación permanecían en penumbras, sin embargo, al entrar en Callao, la luminaria de la estación era lo suficientemente clara como para facilitarle el trabajo a alguna cámara de vigilancia.

Vivika me dejó en esa rara posición al lado del asiento, como si no me fueran a ver por el tremendo boquete, y se incorporó nuevamente, sacando su Obelisco de la blusa.

–¿Eh?

Ni bien entramos al iluminado andén de Callao, ella sólo realizó un sencillo gesto, con ambas manos abiertas y apoyadas gentilmente en su pecho. Eso fue todo lo que pude presenciar, puesto que las luces en el lugar perdían su brillo con tanta rapidez que no daba tiempo al subte para ser visto en detalle, ya sea por personas o por cámaras, y arrastrando la oscuridad a nuestro paso, cual tren fantasma, que realmente dejó una expresión de estupefacción en los somnolientos rostros de las pocas personas que vieron pasar a duras penas un destartalado tren.

Una parte de mi ya se estaba arrepintiendo por no haberme arrojado impunemente por aquella puerta y dejar que se arregle sola esta piba, pero la parte de mi que aún posee algo de cordura, me dice que siga, que no la deje sola con todo el fardo, que, efectivamente, tiene que haber una forma de resolver este enroque en una pieza, o cuando menos con unos raspones.

Pero había una contraparte, aislada de mis dos anteriores, que no empujaba hacia mi lado más retrógrada, ni se cortaba por el sinuoso camino de la bondad samaritana que me llevó a ser docente, sino que me llenaba de intriga el ver cuál sería la siguiente carta sobrenatural que jugaría Vivika. Esa magia inexplicable que usó repetidas veces, y que yo mismo experimenté de primera mano, comenzaba a llamar mi atención de forma legítima, y que si no estuviera tan jugado ahora mismo, quizás preguntaría al respecto.

–Hay que cortar el suministro de energía.–Sugirió rápidamente, agarrada del pasamanos y observando el tendido eléctrico que alimentaba a las formaciones en nuestra ruta–

Se podría decir que era la opción más obvia si no contábamos con frenos, pero sonaba más a una expresión de deseo. ¿Cómo haría para frenar un tren en plena marcha ella sola?

–¿Otra vez vas a usar ese truquito de apagar las luces? –Dejé caer mi pregunta irreverente, como descreyendo de algo que todavía me costaba asumir–Hiciste que toda la estación quedara a oscuras como si nada.

El sonido ambiente me adormecía los sentidos, y la oscuridad muy cerrada a pesar de las luces que parpadeaban a través de las ventanas, pero distinguí entre tanto barullo, un tono risueño al hablar.

–Haré algo un poco más… ruidoso–Comentó, volteando hacia mi–¿Puedes moverte? ¿Caminar? ¿Pararte?.

Tenía algo de náuseas tan solo por negar con mi cabeza, además de un corte a la altura de la sien y del cual no brotaba sangre casi, pero al tomarme un respiro comenzó a hincharse, y aún me temblaban todas las extremidades. Espero que no pretenda que salgamos corriendo porque de este asiento está un poco difícil que me mueva.

Si dijo algo al respecto de mi condición actual, la verdad que no escuché nada. Llevar una conversación fluida era inútil, y mejor sería esperar a que este se detenga.

Mi visión estaba algo deteriorada, pero mi atención se posó automáticamente en su difuminada silueta monocromática, y que, de forma temeraria, asomó por fuera del boquete que yo mismo había provocado.

Mi cuerpo se iba apagando cada respiro que se me escapaba, y ella estaba ahí, devuelta en acción. Mirando al frente, sólida e inamovible, alistándose para hacer que sé yo qué cosa.

La podía ver gracias a una luz a su alrededor, que no provenía del túnel, ni de la próxima estacón a sus espaldas. Una luz propia, casi angelical.

Miró en mi dirección, y balbuceó algo, con una sonrisa tranquilizadora, pero olvidate, no escuché un carajo. Si se despidió, o quiso decirme algo de importancia trascendental, sus palabras, entonces habrán quedado sueltas en el turbulento aire subterráneo.

Lo que si entendí, fue el gesto que realizó con sus manos, una señal inconfundible que me prometía que todo estaría bien. Era un contundente gestito de idea. No fue un pulgar levantado, o un ‘O.K.’, sino un clásico gestito de idea, con mueca incluida y todo.

Esa fue la última imagen que tuve de ella, antes de amanecer con el Sol zapateando en mi cara dos días después de haberme desvanecido en el subte.

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